Mostrando entradas con la etiqueta Prensa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prensa. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de septiembre de 2015

Descubrimientos interesantes en el barrio del Real de Melilla



Publicado el 31 de octubre de 1914 en la revista “África Española”



Se vienen realizando hace algún tiempo trabajos de excavación para dar salida á las aguas que vierten los altozanos en que se hallan instaladas las dependencias y pabellones del Cuerpo de Intendencia, en las inmediaciones del Zoco, con fondak, esto es, al Norte del citado barrio.


El Zoco año 1909


Las obras que se efectúan en dicho sitio, las lleva á cabo la Junta de Arbitrios, bajo la dirección del ingeniero señor Moreno Lázaro, y sobrestante señor Lacaci.



Las excavaciones de que vamos á ocuparnos, están situadas en la enfilación de la calle de Salamanca, y van del barranco de Mezquita á los Depósitos de Administración Militar.




Hace días, se dio con una capa caliza de 50 centímetros de espesor, que costó gran trabajo romper por su enorme consistencia. Luego, siguiendo el corte del terreno, tropezaron los obreros con una faja de canto rodado del llamado diluvial, y ya á dos metros de la superficie aparecieron, entre calizas, varios trozos de huesos humanos.



Examinando detenidamente el lugar, pudo observarse que alrededor de los huesos habla como una cintura de canto rodado, de piedra, colocada artificialmente, indicando su dirección y tamaño, un enterramiento.



Los obreros, hábilmente dirigidos, fueron separando cuidadosamente, la caliza en que estaban mezclados los restos humanos,  y hallaron un hueso con cuatro pulseras de cobre, unidas unas á otras por la acción del tiempo.


Cauce río Mezquita barrio Real Melilla 1916

Continuada la excavación se hallaron, también en otro hueso, dos pulseras más. Afanosamente se buscó el cráneo, que no ha aparecido, cosa que no es de extrañar por hallarse el enterramiento en calizas que han pulverizado los huesos hasta el extremo de que el mayor de los hallados tendrá un largo de diez centímetros.

Las pulseras, que como decimos, son de cobre puro, tienen un diámetro de varios centímetros.

En las proximidades del sitio en que se hallaron los restos, han aparecidos dos cantos rodados de lava. Los obreros que dieron con ellos, se disponían á tomar fuerza para sacar las dichas piedras, viéndose sorprendidos al hacerlo, por su poco peso.

Los trozos de lava, son de color castaño, se hallan recubiertos de caliza, y se ve en ellos un sinnúmero de celdillas.


Barrio del Real estremo oeste


El general Villalba, celoso Presidente de la Junta de Arbitrios, ha dispuesto se continúen las excavaciones con gran cuidado para en caso de nuevos hallazgos poder determinar con el mayor número de detalles la forma en que se presenta y ver si algo de ello pudiera ser útil, científicamente considerado.



En opinión de los técnicos, la capa caliza de 50 centímetros de espesor, exigió muchos siglos para su formación, así como también la siguiente de piedra diluvial.


 Barrio del Real extremo este


Suponen que los cantos rodados de lava encontrados aún más abajo, proceden de un volcán en actividad, lava que el fenómeno sísmico que determinó la rotura del continente por el Estrecho de Gibraltar, debió trocear en las faldas de los montes ó en los valles en que estuviera depositada, y que las lluvias torrenciales subsiguientes al fenómeno, pudieron arrastrar, convirtiéndole en canto rodado, hasta el lugar en que han sido hallados.

domingo, 13 de septiembre de 2015

De la Melilla Roman. Interesantes descubrimientos arqueológicos



Publicado por Augusto Vivero en la revista África Española nº 30 el 30 de mayo de 1916.



Poco, casi nada sabíamos de la historia antigua de la urbe melillense. Su nombre árabe, Mlila, que viene del latín Melita, sólo nos habla de los abundosos enjambres de abejas que en la contornada había. Y eso es lo único que en concreto se conoce. ¿Cómo vivieron allí los romanos, sus primeros colonizadores? ¿Qué influjo ejerció en ellos su trato con los autóctonos? ¿Qué relaciones mediaron entre los hijos del pueblo más sabio en achaques de colonización y los del más refractario á dejarse colonizar? Nada se sabe. La conquista romana no ha dejado huellas visibles en la áspera tierra magrebina, y no más ahora, con los trabajos que ejecutan los franceses en la antigua Volubilis y los que los españoles han acometido en Melilla, comienza á descorrerse el velo. Pero en tanto que nuestros vecinos divulgan y enaltecen sus hallazgos y descubrimientos arqueológicos, nosotros permanecemos mudos, cual si careciera de valor la obra nuestra. ¿Será porque ésta es nacional, porque la ejecutan compatriotas nuestros?



Y, sin embargo, harto merece que se hable de ello. Para comprender su valor no hay sino fijarse en las magníficas ánforas, intactas por dicha, que enviara al Museo Arqueológico, en 1909, el ingeniero Sr. Becerra, quien las halló, con otras varias, en el Cerro de San Lorenzo, cuando se abrían las trincheras de la línea férrea. Aquel hallazgo, el primero, fue realmente magnífico. Las ánforas, de gran tamaño, son indudablemente anteriores al período de florecimiento del arte romano, y constituyen, con su largo cuello y remate en forma de enorme tulipa, ejemplares valiosísimos y no nada comunes en los Museo. Todavía están sin clasificar, y no sabemos que ninguna publicación les haya consagrado el estudio que merecen. De habérselas encontrado en tierra extranjera, al menos habríamos visto reproducciones fotográficas suyas en las principales revistas españolas.



Luego dióse en el Barrio Real con tres antiquísimas sepulturas de piedra, ovaladas. Los cadáveres, ya momificados, tenían en la muñeca macizos aretes de primitiva traza y labrados en oro puro. No se prestó atención alguna al descubrimiento y todo eso, que hubiera debido conservarse en un Museo, fue á manos de quien lo quiso. Más tarde, y como nueva advertencia, en el cerro de San Lorenzo, junto al antiguo fondeadero de las pequeñas embarcaciones que traficaban con Melilla, encontróse una curiosa caja de piedra y en su interior un cuerno de cabra labrado, que se deshizo apenas se pretendió extraerlo de allí. Nadie se dio por enterado, y la reliquia se ha perdido.


 Anforas de 1,10 metros de largo de las que cubrían las sepulturas en el desaparecido Cerro de San Lorenzo de Melilla.


Como asuntos tales no son, tampoco, de los que preocupan á nuestros estadistas, el Estado no se cuidó de ordenar se efectuasen nuevas investigaciones en el histórico cerro. Afortunadamente, un periodista, el Sr. Fernández de Castro, hizo algo de esto, por propio estímulo, y pudo percatarse de que, á flor de tierra, había en aquellos mismos parajes otros objetos de cerámica y fragmentos óseos. Franqueóse á un militar ilustre, el general Villalba, creador de la Melilla nueva, y obtuvo de él el concurso que anhelaba. Sus esfuerzos no resultaron baldíos. Removida hondamente la tierra, surgieron á la luz del día hiladas de sepulturas y en ellas descarnados esqueletos, unos intactos, otros medio reducidos á polvo. Quísose extraer alguno y se deshizo apenas pusieron en él las manos los trabajadores. Tampoco el Estado fijóse en ello. Y aquí, donde cada año se invierten dos millones de pesetas en costear conferencias ridículas y estériles viajes al extranjero, no fue posible destinar nada á la continuación de esos trabajos.



Todo puedo llevárselo la trampa, pues se dispuso que las tierras del Cerro de San Lorenzo se aplicaran al relleno de los nuevos muelles de ribera. Pero el Sr. Fernández de Castro acudió al general Arráiz, sucesor de Villalba en la presidencia de la Junta de Arbitrios, y las obras de excavación se renovaron metódica y ampliamente. El zapapico trabajó de firme en extensa zona, y al cabo mostráronse, por bajo de las anteriores, otras filas de sepulturas, situadas de Este á Oeste y perpendiculares á aquellas,  ¡Detalle curioso! Las nuevas tumbas hallábanse recubiertas por una capa de ánforas, hechas de arcilla cocida, toscas de aspecto y macizadas con arena y caparazones de caracol. Algunas mostraban borrosos caracteres; otra tenía cierto signo rojo, muy semejante á la A. Quitáronlas con cuidado, lentamente, y vióse, no sin asombro, que tales sepulturas no contenían restos humanos.



Pero acá y acullá, entre las ánforas y por bajo de ellas, parecieron objetos varios; ya eran pendientes de oro, que representaban un pato sujeto por la cabeza y la cola; ya sartas de ópalos; bien pulseras y anillos de cobre, ó enormes clavos de hierro. Aquí veíanse candiles de caprichosas formas, y platos y tazones negros, de relucientes barnices, que remedaban el brillo de algunos metales. En otro lado había jarros, de no muy gran tamaño, pero de boca desmesurada, toscos cual los otros objetos de barro y, como ellos, cubiertos con brillador barniz. Y luego, unas curiosas vasijas, que el Sr. Roda, á quien debemos estos datos, diputa semejantes á los kalpis griegos, pero que en la parte inferior tienen un alargamiento análogo al cuello, rematado en diminuto ensanche que permite ponerlas de pie, aun cuando con poquísima estabilidad.



¿Qué suponer ante dichos hallazgos? De primeras imagínase que á cada uno de los enterramientos superiores corresponde otro de los de joyas y utensilios caseros. Más pronto se desecha tal parecer. Son de épocas asaz distintas y median entre ellos muchas centurias de diferencia. Unos, los más profundos, vienen de días remotísimos y en ellos la acción de los años dejó incólume solamente lo que no era materia orgánica; los otros, más vecinos de nuestro tiempo, conservaron hasta hoy los esqueletos de los islamitas allí sepultados. Con todo convendrá esperar á que dictaminen los doctos en la materia, que, dicho sea de pasada, no revelan gran prisa en acudir á enterarse.



¿Y por qué han de mostrar mayor diligencia que el Estado, que sigue sin enterarse de tan valiosos descubrimientos?



Melilla, sin embargo, no se ha preocupado por tal displicencia. En otro sitio -y los ejemplos abundan-, se hubiera cedido al mejor postor tan insigne tesoro. La hermosa ciudad africana, amante de su pasado, creó un Museo y en él custodia lo que no ha merecido unas líneas de las grandes publicaciones peninsulares, atentas sólo á lo que de Marruecos nos viene sahumado de pólvora y envuelto en crespones de luto.

jueves, 6 de octubre de 2011

Lola Montes y Melilla

D. Antonio Maciá Serrano, publicó en ABC un artículo bajo el título “del cuplé al himno, pasando por la Legión” recordando el origen. Como respuesta “a vuelta de correo”, público ABC una “carta al director” firmada por Mercedes Fernández González, de esta historia resumimos lo siguiente...

Tan sólo 5 días después del desembarcar de los legionarios del Tercio que desde Ceuta habían sido enviados por mar para socorrer la ciudad, Lola Montes (Mercedes Fernández González) cantara el himno legionario en el Teatro Kursaal de Melilla los días 30 y 31 de Julio de 1921 gracias a la intervención de la Duquesa de la Victoria (directora de los hospitales de la Cruz Roja en Marruecos).

Lola Montes en La Novela Teatral  ABC. Madrid

Ella misma lo evocaba en su “carta al director”: ...“mi actuación fue un éxito indescriptible. Cuando aparecí en el escenario vestida de enfermera, el público, compuesto por relevantes figuras de la vida civil, jefes, oficiales y tropa, me dedicó una entusiasta ovación. Y, cuando termine la canción, el auditorio, en pié, estuvo aplaudiéndome un largo rato, lo que me produjo una dulce y tierna emoción”...

Como curiosidad el “Salón Kursaal” de Melilla desde el 15 de agosto de 1921 al 10 de noviembre de 1922 fue requisado por la Autoridad Militares Instalando en su inmueble un taller provisional de carga de proyectiles y cartuchos de artillería.

Se dice que la primera baja de la Legión del 7 de enero de 1921, en Beni Hassán, la del cabo Baltasar Queija de la Vega inspiró el cuplé.

La letra de “El novio de la muerte” como cuplé se debe al escritor musical y novelista (P. Duke) Fidel Prado, llevada al pentagrama por el catalán Juan Costa. Después de ensayarla en el estudio madrileño del compositor Modesto Romero (autor más tarde de la “Canción del Legionario”). La estrenó con gran éxito y acierto la cupletista Lola Montes en 1.921, en el Teatro Vital Aza de Málaga, desde donde saltó a Melilla actuando como fin de Fiestas de la Compañía de Comedias de Valeriano León cantaban el que será futuro himno legionario.


“En el Tercio se cantó inicialmente “La Madelón”, pero por poco tiempo, porque no tardó en adoptar un canto que le era más propio y español, un cuplé, una canción de escenario; “El novio de la muerte”, adaptándose al ritmo de marcha militar por un lado, al paso lento legionario y por otro al ritmo procesional y fúnebre que acompaña al Cristo de la Buena Muerte, cantándose en todos los cuarteles y campamentos de La Legión, en el tradicional “Sábado Legionario” en el que se rinde culto y homenaje a sus muertos.


Publicado en Trápana nº Extraordinario

viernes, 22 de abril de 2011

In memory Constantino Domínguez Sánchez

Santiago Domínguez Llosa
Historiador miembro de la AEM

Introducción

El 23 de abril de 1979 fallecía en nuestra ciudad de forma inesperada Constantino Domínguez Sánchez a la anticipada edad de cuarenta y siete años. Su aportación a la Historia de la ciudad y en concreto al Museo Municipal, fue de especial trascendencia, ya que con su actuación se realizó el primer inventario y catálogo de los objetos arqueológicos y documentales allí expuestos, dándole el carácter científico que la institución requería.

Apuntes Personales

Constantino Domínguez nacía en Tetuán en 1932, destacando desde su infancia por sus ansias de aprender y su curiosidad innata que le llevaría a interesarse de forma muy aplicada por los estudios, finalizando su bachillerato en el Colegio del Pilar de Tetuán. De forma continuada obtuvo los títulos de Perito, Profesor e Intendente Mercantil.  En 1953 ingresó como funcionario en Hacienda llegando a pertenecer por oposición, al grado de Técnico Superior de la Administración del Estado.

En 1956 al concederse la independencia a Marruecos, ostenta el cargo de Jefe de Sección del Registro de Hacienda en el Protectorado.  La administración española entrega la gestión al nuevo Estado, quedando como jefe de la misión civil española encargada del traspaso a las nuevas autoridades, por el que recibiría al termino de la misma la felicitación tanto del ministro español del ramo como del mismo Rey Mohamed V. Permaneciendo en Marruecos hasta el año 1960, siendo destinado a Melilla este mismo año como Administrador de Tributos de la Delegación de Hacienda.

Su preocupación intelectual le lleva a interesarse por la historia de la ciudad a su llegada, devorando más que leyendo, todo lo publicado. Aquí empieza su labor investigadora en los fondos locales y en otros archivos nacionales, en una  época en la que en Melilla había muy pocas personas que se interesasen por la historia y la investigación. 

Al poco tiempo de su llegada tiene la suerte de conocer a D. Francisco Mir Berlanga, Alcalde y Director del entonces Museo Municipal de Melilla con quien le unirá una gran amistad y a quien siempre considera como su maestro.

Constantino Domínguez aprovechaba su poco tiempo libre en profundizar en la historia de la Ciudad y aunque no dejaba de lado ningún tema, también le dedico gran parte de este a su museo.

Fruto de esos estudios fue la publicación a partir de 1969 de pequeños artículos en la prensa local e incluso en algunos medios nacionales, que acabaron siendo un referente y muy conocidos en la ciudad bajo el término de ”Melillerías”. Por lo que no es de extrañar que en tres ocasiones obtuvieran algunos premios de periodismo que en aquellos años otorgaba el Ayuntamiento.

Constantino Domínguez Sánchez y el Museo de Melilla


Uno de los lugares preferidos por Constantino para pasear por la ciudad era Melilla la Vieja o más concretamente el primero de los Recintos Fortificados.  Dentro de ella, era obligada la visita al Museo Municipal que estaba ubicado en el Baluarte de la Concepción, instalación existente desde el siglo XVI y que había dado cabida anteriormente al Museo, a una torre de vigilancia sobre un baluarte o “Caballero”, ampliada y reformada en el siglo XVIII hasta quedar unida a un almacén de pólvora de dos plantas a prueba de bombas, al aterrazar su cubierta a dos aguas utilizadas como magníficas batería con vistas sobre la costa y altura del “Cubo”. Fue en este lugar, donde comenzó a tener contacto  con los objetos allí expuestos, familiarizándose pronto con ellos.


El Museo se instala en estas dependencias en el año 1953 siendo su fundador y primer director D. Francisco Mir Berlanga. Se trataba de un Museo de carácter generalista en el que tenían cabida objetos y documentos que estuvieran relacionados con la historia de la ciudad, para lo que se dividió en dos secciones: Arqueológico-Histórico y Documental.

Señalamos sus palabras publicadas en “Melillerías” y que las recoge el diario Sol de España en 1969 al respecto: “... El Baluarte de la Concepción, perfectamente restaurado y en el que se encuentra instalado el Museo Municipal, pequeña joya que conserva los restos de la antigua necrópolis de San Lorenzo, que hablan de siglos de la importancia de Melilla en aquellos tiempos, así como una interesantísima colección de documentos relacionados con la historia de la ciudad”

 A mediados de los años 70, D. Francisco Mir Berlanga, ya jubilado, empieza a ausentarse con bastante frecuencia de la Ciudad, designando como Secretario del Museo en el año 1976 a Constantino, quien desde este momento se dedicó en cuerpo y alma y de manera altruista al estudio y desarrollo de la mejora de las instalaciones y contenidos expositivos.

Hay que recordar que esos momentos el Museo era una especie de almacén de objetos, algunos procedentes de las excavaciones de principios del siglo XX y otros como consecuencias de hallazgos fortuitos, cesiones o donaciones, pero todas ellas distribuidas sin contexto alguno en unas vitrinas y armarios de madera forradas en terciopelo rojo con unas estrechas puertas de cristal y con una muy deficiente iluminación que se veía agravada por la presencia en las ventanas de unas láminas de celofán amarillo que tenía como finalidad impedir la entrada de la luz del sol para evitar el deterioro de las piezas expuestas, especialmente la colección de documentos históricos. El resultado de  todo ello llevaba a que no se pudieran apreciar las magníficas piezas que albergaba la instalación, agravado aún más por la  falta de un catálogo o inventario de los bienes del Museo, aunque existían una serie de fichas incompletas de las piezas.

Constantino Domínguez se empeñó en la tarea de cambiar esa situación a todas luces insuficiente para exponer y enseñar a los visitantes la Historia de Melilla; Tenía claro que la actuación debía ir encaminada a dos frentes: por un lado la instalación de los objetos y por otro la clasificación, documentación e inventarización de los mismos. los primeros momentos fueron algo complicados ya que a la falta de fondos para emprender las reformas se unía un cierto inmovilismo por parte de D. Francisco Mir, que no acababa de entenderlas del todo.

En 1976, y aprovechando un largo viaje que el Director emprendió por Extremo Oriente, Constantino Domínguez inició una serie de contactos con empresarios y comerciantes de la ciudad para obtener fondos y otras ayudas para el Museo, consiguiendo al final llevar a cabo la ansiada reforma.  Así, un conocido industrial de la ciudad conocido como A. Moreno puso de su bolsillo la nueva instalación eléctrica; otros comerciantes, entre ellos un joven Ayu Lalchandani, se encargaron de aportar fondos para la adquisición de mobiliario. Por su parte, algunos operarios de los servicios operativos del Ayuntamiento, emplearon su tiempo libre en el saneamiento de paredes y techos y en la instalación del agua.  Al final, el esfuerzo de Constantino Domínguez ayudado por Manuel Cuenca Toro, y la desinteresada ayuda de esos comerciantes e industriales, convirtieron aquellas oscuras y deficientes dependencias en unas salas que si bien hoy no cumplirían los requisitos mínimos, en aquel tiempo constituyó una auténtica revolución en materia de espacios expositivos y además con un coste cero para las arcas municipales.

Una vez solucionado el tema expositivo, asumió la segunda y complicada tarea de llevar a cabo una catalogación exhaustiva de las piezas. Para ello, se procedió a fotografiar cada una de ellas, siendo remitidas las copias a Constantino Unguetti, arqueólogo jienense que pasaba sus veranos en Melilla, y que adquirió el compromiso no sólo de restaurar muchas de ellas, sino también de documentarlas, con lo que en un relativo medio plazo, se  consiguió igualmente realizar un inventario de las piezas expuestas en el Museo, inscritas en dos libros, uno de Registro General de Objetos propiedad del Museo, con 552 registros y otro de Objetos en Depósito con 77 registros. Este inventario se mantuvo inalterable y sin ninguna modificación hasta el año 2003 en el que los técnicos proceden a actualizarlo siguiendo la normativa vigente e incrementándolo en 2440 registros arqueológicos.

Constantino Domínguez tuvo también un interesante papel en temas arqueológicos. En los años 70 no había en la ciudad ningún arqueólogo profesional, por lo que  cualquier hallazgo debía ser comunicado al Ministerio de Cultura de Madrid que enviaba a esta plaza militar, si lo estimaba oportuno, alguno de los de su plantilla, lo cual a veces hacía que cuando se decidía su envío los restos hallados hubieran desaparecido. Por ello cuando se producía algún hallazgo, las autoridades llamaban de inmediato a Constantino Domínguez para que evaluara lo encontrado. Aunque no fuera arqueólogo, contaba por un lado con la experiencia de haber participado en su juventud en las excavaciones realizadas en las cercanías de Tetuán, especialmente las llevada a cabo en Tamuda por Tarradell y por otro, con que los objetos hallados tenían gran paralelismo con los que él conocía.  Quizás su aportación más relevante en este sentido fue el trabajo de documentación llevado a cabo cuando en las Navidades de 1973, unos derrumbes en la carretera de la Alcazaba producidos por las obras del nuevo acceso del Parador de Turismo, pusieron al descubierto unas oquedades semiesféricas que se describieron como fosas dentro de las cuales aparecieron gran cantidad de fragmentos de cerámica.  De nuevo ante la inexistencia en la ciudad de personal especializado, se recurrió a Constantino Domínguez, quien, según consta en la prensa local (Telegrama de Melilla, Domingo, 6 de Enero de 1974), “... Estas excavaciones están siendo dirigidas por el momento por D. Constantino Domínguez Sánchez, enamorado de la Historia de la ciudad e investigador de la misma.”. quien formó un pequeño grupo de voluntarios, en su mayoría estudiantes, entre el que se encontraba Jesús Miguel Sáez Cazorla, actual Presidente de la Asociación de Estudios Melillenses, para analizar lo hallado. Después de estudiar los restos y las referencias bibliográficas, fueron datados como de época púnica, entregándose los restos en el Museo Municipal para su custodia después de haber sido documentados.

No fue la única ocasión en las que las autoridades recurrieron a nuestro protagonista para datar o documentar algunos de los hallazgos.  Prácticamente en cada obra que se hacía en Melilla la Vieja aparecía algo: una lápida, un trozo de metal oxidado, etc.  Todos ellos eran documentados y entregados en el Museo Municipal.  Precisamente en la mesa, el día de su muerte dejó el primer boceto de la “Melillería” que, todavía sin título, trataba de los hallazgos arqueológicos que se habían encontrado en Melilla en los últimos años.

Su interés por la difusión del Museo y de la Historia sigue siendo patente cuando en 1978 le encarga el Ayuntamiento la realización de una Guía Turística de Melilla, publicada en febrero de 1979 y en la que a través de la misma podemos dar un paseo por la Historia de la ciudad a través de los Recintos Fortificados y un recorrido por las diferentes salas del Museo.

Y esta es en breves líneas, la trayectoria vital de Constantino Domínguez Sánchez, un melillense de corazón aunque hubiera nacido en otro lugar y que tras su familia, tuvo siempre pasión por la historia de Melilla, por su patrimonio y por su Museo.